Caro diario :

Ayer he confesado a monseñor Méndez que era ateo. Lo he hecho de un modo sutil, discreto y argumentado, como quien riega una planta mientras sonríe, pero creo que el resultado no ha sido el deseado.

Esperaba de monseñor cierta empatía, y buscaba, también, la sonrisa de un humanismo mundano y tolerante, pero caí pronto en la cuenta de que no iba por buen camino cuando me respondió, textualmente, que “tuviese cuidado” con la afirmación de mi ateísmo, no vaya a ser que algún día me encontrase cara a cara con Dios y le viese las orejas al lobo. Entendida la cosa de este modo, a mi parecer, tiene monseñor más parecido con un hincha del Liverpool que con un cura católico retirado y desencantado con la eklesia, pero allá él y sus bipolares conflictos internos.

Tú sabes, caro diario, que soy una persona sociable, aunque solitaria, y que nunca presumo en voz alta de mis convicciones por muy fuertes que éstas sean – de hecho, siempre se me recrimina que hable más alto, al modo en que los latinos tienden a discutir en un bar, pero no doy -. Sabes, también, que llegó a la convicción por vía negativa y que bajo la misma existen muchas dudas, de esas que los temperamentos analíticos van cargando en su mochila a lo largo de la vida. Vamos, hablando claro, que mi escepticismo vital, no sintético y de laboratorio, no está exento de compromiso.

Bien, el caso es, caro diario, que cuando monseñor me ha respondido que “tuviese cuidado” si algún día me encontraba de frente con el Dios de los judíos, el tono de voz, la mirada y el sentido implícito de sus palabras no me llevaron precisamente a imaginar, ni a un amigo preocupado por mi destino espiritual – sic -, ni a un Dios, el suyo, dispuesto a esbozarme una sonrisa, a darme un abrazo o una buena nueva – la creciente voluntad del pueblo gallego por autodeterminar su destino, por ejemplo, que para monseñor borda la herejía por ser sueño mundano, demasiado mundano, y no confesional profecía -; no, en absoluto, nada de esto percibí en su modo de hablarme. De hecho, quise decirle a monseñor que saliese de mi casa, pero opte por templar el ánimo y aplicar docta prudencia a mi docta ignorancia y me limité a responder :

– Caray, monseñor, cuanto fuego desprende tu dios -, y seguí regando las orquídeas, para compensar la subida de su tensión arterial.

Yo no conozco, en verdad, todos los libros que le monseñor. Desde luego, tampoco él los que yo leo, si es que esto importa verdaderamente algo a la hora de respetar las creencias de cada ser. Puedo asegurarte, eso sí, que en su biblioteca, toda esa maraña de libros, siendo tan aparentemente distintos, son todos exactamente iguales, puesto que giran alrededor del mismo Dios. ¿¡No se aburrirá este hombre de leer siempre lo mismo!?. Otros dioses, en verdad, en la extensa biblioteca de monseñor, no tuve la oportunidad de ver tratados entre tantos libros.

Además, siendo sincero, caro diario, no logro entender qué es lo que monseñor entiende por interpretación crítica y contextualizada del pentateuco, pero estos meses que he estado leyendo el Génesis me han llevado a tener serias reservas con un dios que, no sólo no levanta su voz, sino que además, alienta, a los grandes patriarcas de las tribus de Israel, con sus rebaños y esclavos a cuestas, a la hora de usar a la mujer como moneda de cambio o intercambio sexual o matrimonial. Como era de esperar, sin su consentimiento.

El hecho de que la omnipresente voz de Yahvé aliente tal consuetudinaria e incivilizada costumbre no me causa, todo hay que decirlo, mucha simpatía. Pero es entonces, caro diario, cuando trato de recordar dos lapidarias sentencias suyas en el éxodo :

“No maltratarás al forastero, ni lo oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto”.

“Si prestas dinero a uno de mi pueblo, el pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, no le exigirás interés”.

Cierto es, caro diario, que un dios bipolar y patriarcal que oscila esquizofrénicamente entre el espíritu de dominación y el de emancipación, no debe ser nunca tomado en serio, pero tampoco vamos a ponernos dramáticos por esto; tampoco en Jerusalén, en Roma y en la Meca parecen haberse curado de la misma enfermedad y, sin embargo, siguen considerándola un síntoma de salud espiritual.

Misteriosa – y mortificante – puede llegar a ser, a veces, la humana conditio.