He de confesarte que cada vez me cae mejor Monseñor Méndez. Entre todos los snobs borrachos hasta los tuétanos de nuevoizquierdismo de voluntad y pensamiento cero, es de agradecer la existencia de una persona que se toma la verdad en serio, aunque se equivoque profundamente al ponerle el atributo de cristiana.

Es el señor Méndez un hombre más bien bonachón y sencillo, apasionado como el que más por el conocimiento y con unas maneras que de tan respetuosas y educadas casi parecen teatralizadas. De sus ojos pícaros y almendrados sobresalen dos prominentes cejas albinas bastante pobladas; suelo bromear con él diciéndole que es el vivo retrato físico de Schopenhauer; él, como no, se rie, y yo con él.

Alguna gentecilla de este pueblo suele mirarnos de modo extraño cuando ven al estereotipo de comunista republicano paseando con el estereotipo de cura cristiano. Pensarán que mi deber es comer curas y despellejar gatos delante de una hoguera, invocando pasajes de Das Kapital y Rosalía de Castro, como el suyo amenazar con el infierno en misa de Domingo a todos aquellos feligreses que se dejen influenciar por los peligros del socialismo y de las filosofías materialistas, !qué sé yo!. Lo veo altamente improbable porque el 75% de los Chantadeses no saben, ni que existe un libro llamado Das Kapital, ni en qué consiste ese algo llamado filosofía.

Monseñor y yo ya hemos pasado – y superado – lo más turbulento de nuestra relación. Era de predecir que al principio existirían algunos chisporroteos del espíritu, pero el afecto humano, demasiado humano, ha podido con ellos. No veas lo contentos que están mis padres cuando observan que su hijo tiene por mejor amigo a un cura; supongo que creerán que el hecho de que eso suceda, además de un pequeño milagro, significa que el indómito cabrito de su hijo es capaz de compasión y afecto, si no con sus ex-amantes, al menos sí con el párroco.

Hace muy poco que han tenido lugar las elecciones municipales, y debo decirte, caro diario, que no encuentro en absoluto ninguna diferencia, en la forma, que no en el contenido, entre los ritos de paso del teatro político y los ritos de paso de la institución eclesiástica : tú sabes lo mucho que me desagrada que las relaciones humanas se osifiquen a base de ritualismos y protocolos, me importa un pimiento si son protocolos confesionales o laicos, que ya sabes que las razones de estado me importan tanto como las razones de Roma.

Bien, pues el caso es que confieso no entender el sentido de eso que a día de hoy llaman acción política, habida cuenta de que lo único que se suele hacer en esas engrasadas maquinarias de atontamiento masificado llamadas partidos es gastar mucho papel, hacer alguna que otra llamada telefónica para rellenar listas, presentar en un acto público a los integrantes, hacer previsibles declaraciones de principios, y usar las redes y los medios para vender el producto. Poco más.

La perplejidad crece cuando sientes que tienes una evidente afinidad intelectual con el partido, por eso que los hombres que pretendemos pasar por cultos llamamos tradición intelectual, y te das cuenta de que de cada 10 militantes a 9 les suele importar tanto la tradición intelectual como a las ardillas las moscas. Ese, sobre todo ese, caro diario, es el momento clave en el que tienes que huir del partido del mismo modo que un hombre – o mujer – huye de la cama de un amante de circunstancias : recogiendo la ropa con mucho sigilo, apagando la luz, y cerrando la puerta con mucho silencio.

Porque en este país, qué quieres que te diga, la única tradición intelectual viva en las izquierdas realmente existentes, últimamente, es la de no inspirarse en ninguna tradición mentando un vanguardismo futurista sin contenido. Así sean comunistas por mera afiliación nominal o de carnet, así sean galleguistas por lo mismo.

Las malas lenguas me han dicho, también, que son tradiciones que no pueden ir juntas, pero para eso tengo a Monseñor a mi lado, para usar la lógica formal fuera de los caprichos del comité central y de la iglesia, lavar a las malas lenguas haciéndolas pensar, y entrar y salir limpio de la casa de Dios y de la casa del pueblo, alternativamente, cuando me da la realísima gana.

De momento, me quedo con Monseñor, que es el único cura en activo que me ha recomendado, no sólo libros y preservativos, sino también, además, su uso en base a mis necesidades.

Amén.