Lo admito, soy capaz de creer en absolutamente todo y, a la media hora, acabar creyendo en absolutamente nada. La única constancia de la que soy capaz es esta inconstancia mía, esta entropía interior sin reglas que se toma el tiempo que le da la santa gana para empezar de nuevo cualquier tarea o relación humana que he dejado a medias en el pasado.

No me siento capaz de generar expectativas en nada, sobre nada y en nadie; mi modo de proceder es radicalmente arbitrario y en las cosas del corazón la democracia me importa un pito : si me apetece seguir con algo o alguien, y si a esa persona no le desconcierta mi natural tendencia a la entropía, retomo lo andado. Si no me apetece, simplemente preparo estratégicamente un educado y discreto punto de fuga : me voy para no volver, dando las explicaciones justas.

Reconozco que es un modo de ser y estar en la vida ciertamente extraño y desconcertante, pero es realmente lo que vuelve a mis vísceras, una, y otra, y otra vez, después de intentar auto-engañarme con que cumpliré con las expectativas lógicamente esperadas. Cuanta más sintropía, armonía y planificación, trato de crear en mi vida, más fuerte me rugen las tripas exhortándome a salir del círculo cerrado de la entropía : sé, con toda la discreción y humildad de la que soy capaz, que sea aquello en lo que en el futuro pueda creer o no, este chisporroteo constante entre los cantos de cisne del orden, de la armonía, de la sintropía, van a convivir siempre en tensión con los cantos de sirena del desorden, del caos y de la entropía.

Mi mundo espiritual y afectivo, sea eso lo que demonios sea, caro diario, no tiene reglas. No las ha tenido nunca. No puede tenerlas. Consiste en tender hacia aquello que intuyo que puede elevar el gozo físico e intelectual de vivir, y no tengo una fórmula, un manual, un absurdo y patético discursito de motivación, que pueda dar pistas a nadie.

Cuando uno desea saber más, cuando nace con el ansia de saber, y ésta se convierte en fatum, la vida va desarrollándose poco a poco y todas las estrategias se pulen con precisión de cirujano para caminar hacia ese fin. Lo mismo pasa cuando uno desea, a palo seco, vivir, seguir viviendo; la imaginación proyecta siempre modos de huir de las energías muertas, de la palabra y el comportamiento previsible, y el futuro pasa a ser tan aterradoramente incierto, peligroso e imprevisible como lo era cuando éramos niños, antes de que nuestros padres empezasen a transmitirnos toda esa retahíla de medias-verdades con la intención crearnos simplemente seguridades verbalizadas.

Tal es la violencia y tales los daños colaterales del amor paterno y materno filial, caro diario, cuando confunde el amor con la sobreprotección de la vida interior. Como si la sensibilidad necesitase de pólizas de seguro afectivas para desarrollarse en un niño, y no la mirada atenta de un aprendiz que se asombra ante el asombro de su hijo, creciendo y expandiéndose con él.

A mí todo me ha resultado desde siempre misterioso y violento. Absolutamente toda mi vida, dentro de la aparente calma cotidiana, me ha vibrado con misterio y violencia a cada instante. Desde el origen del cosmos a la política. Desde el amor paterno o materno filial hasta el amor de pareja. Desde la amistad hasta el sexo. Desde la fe hasta la ciencia. Cualquier circunstancia o modo de relación posible entre dos seres vivos me parece mismamente eso, misterioso y violento.

Misterioso, porque no me parece posible comprenderlo de modo definitivo una vez que uno lo observa con la misma predisposición con la que suele observarlo un escritor – que no es más que un filósofo al que no han podido domesticar las convenciones académicas -. Violento, porque allí donde chocan y se encuentran energías vivas, crear el tenso equilibrio necesario entre una erótica cercanía, una calculada distancia y una agresión verbal o física, sólo puede ser elevado a la categoría de un arte que nunca nos ha aprendido, ni nos aprenderán nunca, en ninguna escuela.

Ese arte, caro diario, es el arte al que aspiro, y no se destila sólo con palabras, porque no bastan para ello.