Personalmente, no tengo nada en contra de los ángeles. Tampoco – he de confesarlo – tengo demasiado en contra de su sexo : está muy bien donde está, sea hetero, homo o transgénero. Si es difícil ser un ángel – a mí me cuesta horrores, porque gasto mucho carácter -, más difícil todavía es que en España te dejen el sexo en paz. Algún día me iré, puede – y espero – que para siempre, y el recuerdo, el único recuerdo que me llevaré de España es el de aquel insignificante, bronco e inculto país en el que se perdieron como mínimo cinco siglos y unas cuantas décadas, desde la llegada de Colón al nuevo mundo, discutiendo sobre el sexo de los ángeles y el sexo de la españolidad, no sin practicar la poca civilizada costumbre de imponerla por la fuerza llegando a justificar, incluso, la exterminación física del otro.

Somos, en España, especialistas en evadir nuestros problemas concretos ascendiendo al histriónico reino de las últimas verdades, las últimas respuestas y el ser en sí de la pezuña del toro de lidia. Especialistas en opinar sobre la vida del otro y las angelicas costumbres que deberían regir su vida, especialistas en no dejar el sexo en paz a los ángeles ni la angelidad al sexo, espacialistas en encumbrar a intelectuales mohosos y roídos por el paso del tiempo como Miguel de Unamuno, que pregonaba a los siete vientos aquel tristemente famoso que inventen ellos para auparse a sí mismo y a la aristocracia de los santos varones de letras como la llave, la puerta e incluso el antemural del progreso de aquella españa republicana en la que, al parecer, sólo la gente de letras debía tener patente de corso para empezar a hablar de cualquier cosa.

Somos, sí, especialistas en echar la culpa al sexo de europa, al sexo de cataluña, al sexo de Venezuela, al sexo de la mujer libre, al sexo del indio o al sexo del Islam cuando empezamos a sentir el punzante dolor de enfrentar nuestra realidad cotidiana a palo seco, sin chivos expiatorios. Especialistas en observar, a vista de pájaro, como un narrador omnisciente de novela negra, el pornográfico espectáculo de una sociedad contaminada por el ordeno y mando del santo varón de toda la vida que es, en último término, la ley no escrita que ha regido siempre en la cultura cotidiana de todas las españas que quieran pensarse.

Entiéndanme : no tengo nada en contra del sexo ni de los ángeles, lo único que les pido a quienes pretenden hablar en su nombre es que tengan a su fe y a su sexo en paz, que es como estaba antes de que platicar sobre el sexo de las naciones, de las culturas, de las lenguas y de Dios se convirtiese en chivo expiatorio.

Porque, por muy inocente que parezca la expresión despectiva que clama contra el absurdo de discutir enconadamente sobre el sexo de los ángeles, cabría recordar que por él han corrido y corren mares enteros de sangre. Porque, aunque el sexo de los ángeles sea intrascendente, la trascendencia que se le sigue dando es tal que lo ridículo y lo absurdo puede llegar a convertirse en doloroso y dramático.

El sexo de los ángeles, y lo que de angelical tiene el sexo, podría vivirse sin drama ni violencia, pero eso es cosa ya harto difícil en España. Es difícil ser un ángel en España cuando bajas de sus paraísos a sus políticas de tierra quemada, a sus tú te callas, a sus porque lo digo yo, a sus y tú que sabrás de esto, a su falta de ambición estética, a su militancia perpetua en debates con puñal ya de antemano escondido en la espalda.

Porque España no tiene sexo : si lo tuviese, reiría y sonreiría más. Sería humilde, atenta, cortés, amable, considerada, culta, idealista, persistente, generosa, ambiciosa, valiente y noble, que es lo que son aquellas personas que tienen una vida sexual sin drama, sin conflictos internos ni violencia. Porque España, sí, esta España de la que nunca me he sentido parte, en la que nunca me he sentido integrado, la que expulsó a mis padres a la búsqueda del pan y las habas y la que insiste en expulsarme a mí décadas después, ya hace mucho tiempo que ha matado a sus ángeles relegándolos al olvido. Curiosamente, todos hablaban más de una lengua. Curiosamente, todos amaban más de una cultura. Curiosamente, ninguno construyó su propia singularidad escupiendo sobre la singularidad del otro. Curiosamente, ningunó rezaba ni meditaba con un ojo puesto en Dios y el otro vigilando al enemigo. No tan curiosamente, vaya, todos eran republicanos.

Sí, hay sexo, hay mucho sexo bajo el cielo : nos gusta, es diverso, y nunca mata. Sí, hay ángeles, hay muchos ángeles bajo el cielo y somos muchos, pero no es fácil entendernos. Nos sucede a los ángeles sexuados lo que a las partículas de Heissenberg : cuando nos localizan, se pierde nuestra velocidad. Cuando miden nuestra velocidad, se pierde nuestro lugar.

No es agradable vivir en perpetua incertidumbre, no. Incluso puede resultar algo doloroso. Pero a algunos ángeles – y yo lo soy, incluso cuando me enfado – nos gusta más vivir así, solos, sintiendo el sudor frío de la incertidumbre, que obnubilados por los traumas de España y su sexo