A ÁLXEBRA DO MEDO

Diogo Tabuada

Author: Diogo Tabuada (page 1 of 143)

En presencia da ausencia

“Facer un chamado á unión entre escritura, memoria e presente é innecesario na obra tardía de Mahmud Darwix; na súa mentalidade non están disociadas”. Deste xeito sintetiza Jorge Gimeno, nun prólogo a En presencia da ausencia, a pulsión vital que alenta á autobiografía do finado poeta palestino. Unha pulsión na que a memoria do asasinato e a desposesión do fogar e da terra é o punto de partida que dota de sentido, coherencia e horizonte, non só á historia política da Palestina que tanto amaba e coñecía, senon tamén á súa propia identidade como escritor e persoa.

Hai dúas liñas neste curto máis riguroso prólogo de Jorge Gimeno que, ao meu xeito de ver, diagnostican perfectamente porqué a maioría da alta intelectualidade Europea e occidental non pode, non quere ou non está capacitada para entender, non só a natureza profunda da carnicería colonial do estado de Israel nos territorios ocupados de Palestina, senon tamén a historia cultural e política de Oriente medio, África, Latinoamérica, Asia e, en definitiva, calqueira realidade non euro-americana :  son aquelas nas que fai referencia ao quietismo Heideggeriano que paraliza á cultura Europea das últimas décadas.

En rigor, por quietismo Heideggeriano hai que entender esa tendencia de certos homes cultos – a sabedoría é cousa ben diferente da cultura – a elaborar meta-teorías fixas e estáticas conservadas en académico frasco de formol, coas consecuencias pertinentes á hora de tomar como feito demostrado ou demostrable o que non é máis que unha frívola especulación mental sen referencia á realidade empírica, con tódolos seus matices, mudanzas e complexidades.

Este quietismo ten, abofé, a súa plasmación política, cultural e pseudo-científica nas institucions culturais, xornalísticas, académicas e políticas da Galiza. Non é cousa de agora : quen se atreva a aplicar sen concesions unha análise dos “textos sagrados” escritos polas vacas sagradas do galeguismo cairá pronto na conta do moito que as citamos sen coñecelas, do pouco que as lemos en profundidade, do moi pouco que as sometemos a crítica dende a nosa contemporaneidade, do nada que as reflexionamos e pensamos e do case nada que contrastamos as súas vidas e obras cunha historiografía decente e globalmente integrada que observe á Galiza máis alá do seu embigo : unha cousa é querer pensarnos e reflexionarnos a nós mesmos dun xeito auto-referencial, e outra, ben diferente, é confundir, por interese ou por despiste, o autóctono – o propio dun lugar – co único, co auténtico ou co exclusivo en extensión a outras paisaxes xeográficas e culturais.

Dende a infancia, na diáspora, acostumeime a vivir en presencia da ausencia, nunha situación de absoluta incerteza e fraxilidade. Ese mirar aos ollos dos teus pais en terra incógnita e sentir que existe outra, tamén incógnita, coma desexo e horizonte. Nin o movimento nin a quietude me pareceron nunca perpetuos, senon complementarios e circunstanciais, coma complementaria e circunstancial é a nosa condición nómada e sedentaria, guerreira e pacífica… ou calqueira outra pauta social de conducta que queira reflexionarse e que se alonxe da asfixiante tiranía interpretativa do pensamento binario cando non se aplica para invisibilizar a condición real de verdugo e víctima.

Porque, sí, teño unha obsesión, unha de tantas que ronda polo meu sistema neuronal, nervioso e cardiovascular. Unha obsesión en forma de soño que non deixa de proerme no corpo coma átomos hiperactivos con punta de alfinete : é o soño do derradeiro grito da muller asfixiada pola mirada androcéntrica baixo a tradición e a vangarda de certo galeguismo, quer nas súas versions máis ácrata-libertarias, quer nas súas versions máis liberal-conservadoras.

De momento, non digo máis. Compre saber administrar estratexicamente os silencios e as enerxías : que o onte e o hoxe do europeísmo, da xeración nós, do nacionalismo contemporáneo e das vangardas pasen polo confesionario sociolóxico. Halles cumprir, e será gratis, mais tirá, abofe, custes tan traumáticos coma necesarios.

 

El sexo de los ángeles

Personalmente, no tengo nada en contra de los ángeles. Tampoco – he de confesarlo – tengo demasiado en contra de su sexo : está muy bien donde está, sea hetero, homo o transgénero. Si es difícil ser un ángel – a mí me cuesta horrores, porque gasto mucho carácter -, más difícil todavía es que en España te dejen el sexo en paz. Algún día me iré, puede – y espero – que para siempre, y el recuerdo, el único recuerdo que me llevaré de España es el de aquel insignificante, bronco e inculto país en el que se perdieron como mínimo cinco siglos y unas cuantas décadas, desde la llegada de Colón al nuevo mundo, discutiendo sobre el sexo de los ángeles y el sexo de la españolidad, no sin practicar la poca civilizada costumbre de imponerla por la fuerza llegando a justificar, incluso, la exterminación física del otro.

Somos, en España, especialistas en evadir nuestros problemas concretos ascendiendo al histriónico reino de las últimas verdades, las últimas respuestas y el ser en sí de la pezuña del toro de lidia. Especialistas en opinar sobre la vida del otro y las angelicas costumbres que deberían regir su vida, especialistas en no dejar el sexo en paz a los ángeles ni la angelidad al sexo, espacialistas en encumbrar a intelectuales mohosos y roídos por el paso del tiempo como Miguel de Unamuno, que pregonaba a los siete vientos aquel tristemente famoso que inventen ellos para auparse a sí mismo y a la aristocracia de los santos varones de letras como la llave, la puerta e incluso el antemural del progreso de aquella españa republicana en la que, al parecer, sólo la gente de letras debía tener patente de corso para empezar a hablar de cualquier cosa.

Somos, sí, especialistas en echar la culpa al sexo de europa, al sexo de cataluña, al sexo de Venezuela, al sexo de la mujer libre, al sexo del indio o al sexo del Islam cuando empezamos a sentir el punzante dolor de enfrentar nuestra realidad cotidiana a palo seco, sin chivos expiatorios. Especialistas en observar, a vista de pájaro, como un narrador omnisciente de novela negra, el pornográfico espectáculo de una sociedad contaminada por el ordeno y mando del santo varón de toda la vida que es, en último término, la ley no escrita que ha regido siempre en la cultura cotidiana de todas las españas que quieran pensarse.

Entiéndanme : no tengo nada en contra del sexo ni de los ángeles, lo único que les pido a quienes pretenden hablar en su nombre es que tengan a su fe y a su sexo en paz, que es como estaba antes de que platicar sobre el sexo de las naciones, de las culturas, de las lenguas y de Dios se convirtiese en chivo expiatorio.

Porque, por muy inocente que parezca la expresión despectiva que clama contra el absurdo de discutir enconadamente sobre el sexo de los ángeles, cabría recordar que por él han corrido y corren mares enteros de sangre. Porque, aunque el sexo de los ángeles sea intrascendente, la trascendencia que se le sigue dando es tal que lo ridículo y lo absurdo puede llegar a convertirse en doloroso y dramático.

El sexo de los ángeles, y lo que de angelical tiene el sexo, podría vivirse sin drama ni violencia, pero eso es cosa ya harto difícil en España. Es difícil ser un ángel en España cuando bajas de sus paraísos a sus políticas de tierra quemada, a sus tú te callas, a sus porque lo digo yo, a sus y tú que sabrás de esto, a su falta de ambición estética, a su militancia perpetua en debates con puñal ya de antemano escondido en la espalda.

Porque España no tiene sexo : si lo tuviese, reiría y sonreiría más. Sería humilde, atenta, cortés, amable, considerada, culta, idealista, persistente, generosa, ambiciosa, valiente y noble, que es lo que son aquellas personas que tienen una vida sexual sin drama, sin conflictos internos ni violencia. Porque España, sí, esta España de la que nunca me he sentido parte, en la que nunca me he sentido integrado, la que expulsó a mis padres a la búsqueda del pan y las habas y la que insiste en expulsarme a mí décadas después, ya hace mucho tiempo que ha matado a sus ángeles relegándolos al olvido. Curiosamente, todos hablaban más de una lengua. Curiosamente, todos amaban más de una cultura. Curiosamente, ninguno construyó su propia singularidad escupiendo sobre la singularidad del otro. Curiosamente, ningunó rezaba ni meditaba con un ojo puesto en Dios y el otro vigilando al enemigo. No tan curiosamente, vaya, todos eran republicanos.

Sí, hay sexo, hay mucho sexo bajo el cielo : nos gusta, es diverso, y nunca mata. Sí, hay ángeles, hay muchos ángeles bajo el cielo y somos muchos, pero no es fácil entendernos. Nos sucede a los ángeles sexuados lo que a las partículas de Heissenberg : cuando nos localizan, se pierde nuestra velocidad. Cuando miden nuestra velocidad, se pierde nuestro lugar.

No es agradable vivir en perpetua incertidumbre, no. Incluso puede resultar algo doloroso. Pero a algunos ángeles – y yo lo soy, incluso cuando me enfado – nos gusta más vivir así, solos, sintiendo el sudor frío de la incertidumbre, que obnubilados por los traumas de España y su sexo

Caro diario (1)

Caro diario :

Ayer he confesado a monseñor Méndez que era ateo. Lo he hecho de un modo sutil, discreto y argumentado, como quien riega una planta mientras sonríe, pero creo que el resultado no ha sido el deseado.

Esperaba de monseñor cierta empatía, y buscaba, también, la sonrisa de un humanismo mundano y tolerante, pero caí pronto en la cuenta de que no iba por buen camino cuando me respondió, textualmente, que “tuviese cuidado” con la afirmación de mi ateísmo, no vaya a ser que algún día me encontrase cara a cara con Dios y le viese las orejas al lobo. Entendida la cosa de este modo, a mi parecer, tiene monseñor más parecido con un hincha del Liverpool que con un cura católico retirado y desencantado con la eklesia, pero allá él y sus bipolares conflictos internos.

Tú sabes, caro diario, que soy una persona sociable, aunque solitaria, y que nunca presumo en voz alta de mis convicciones por muy fuertes que éstas sean – de hecho, siempre se me recrimina que hable más alto, al modo en que los latinos tienden a discutir en un bar, pero no doy -. Sabes, también, que llegó a la convicción por vía negativa y que bajo la misma existen muchas dudas, de esas que los temperamentos analíticos van cargando en su mochila a lo largo de la vida. Vamos, hablando claro, que mi escepticismo vital, no sintético y de laboratorio, no está exento de compromiso.

Bien, el caso es, caro diario, que cuando monseñor me ha respondido que “tuviese cuidado” si algún día me encontraba de frente con el Dios de los judíos, el tono de voz, la mirada y el sentido implícito de sus palabras no me llevaron precisamente a imaginar, ni a un amigo preocupado por mi destino espiritual – sic -, ni a un Dios, el suyo, dispuesto a esbozarme una sonrisa, a darme un abrazo o una buena nueva – la creciente voluntad del pueblo gallego por autodeterminar su destino, por ejemplo, que para monseñor borda la herejía por ser sueño mundano, demasiado mundano, y no confesional profecía -; no, en absoluto, nada de esto percibí en su modo de hablarme. De hecho, quise decirle a monseñor que saliese de mi casa, pero opte por templar el ánimo y aplicar docta prudencia a mi docta ignorancia y me limité a responder :

– Caray, monseñor, cuanto fuego desprende tu dios -, y seguí regando las orquídeas, para compensar la subida de su tensión arterial.

Yo no conozco, en verdad, todos los libros que le monseñor. Desde luego, tampoco él los que yo leo, si es que esto importa verdaderamente algo a la hora de respetar las creencias de cada ser. Puedo asegurarte, eso sí, que en su biblioteca, toda esa maraña de libros, siendo tan aparentemente distintos, son todos exactamente iguales, puesto que giran alrededor del mismo Dios. ¿¡No se aburrirá este hombre de leer siempre lo mismo!?. Otros dioses, en verdad, en la extensa biblioteca de monseñor, no tuve la oportunidad de ver tratados entre tantos libros.

Además, siendo sincero, caro diario, no logro entender qué es lo que monseñor entiende por interpretación crítica y contextualizada del pentateuco, pero estos meses que he estado leyendo el Génesis me han llevado a tener serias reservas con un dios que, no sólo no levanta su voz, sino que además, alienta, a los grandes patriarcas de las tribus de Israel, con sus rebaños y esclavos a cuestas, a la hora de usar a la mujer como moneda de cambio o intercambio sexual o matrimonial. Como era de esperar, sin su consentimiento.

El hecho de que la omnipresente voz de Yahvé aliente tal consuetudinaria e incivilizada costumbre no me causa, todo hay que decirlo, mucha simpatía. Pero es entonces, caro diario, cuando trato de recordar dos lapidarias sentencias suyas en el éxodo :

“No maltratarás al forastero, ni lo oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto”.

“Si prestas dinero a uno de mi pueblo, el pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, no le exigirás interés”.

Cierto es, caro diario, que un dios bipolar y patriarcal que oscila esquizofrénicamente entre el espíritu de dominación y el de emancipación, no debe ser nunca tomado en serio, pero tampoco vamos a ponernos dramáticos por esto; tampoco en Jerusalén, en Roma y en la Meca parecen haberse curado de la misma enfermedad y, sin embargo, siguen considerándola un síntoma de salud espiritual.

Misteriosa – y mortificante – puede llegar a ser, a veces, la humana conditio.

The glory that was Rome

THE GLORY THAT WAS ROME – Caesar and the Gaulish Genocide

Montesquieu e o “dereito de conquista”

O noso barón Montesquieu, quen chega a xustificar o dereito de conquista apoiándose no dereito de xentes do seu tempo, quen chega a teorizar sobre as ventaxas ulteriores – sic – dos pobos conquistados despois da conquista, sorpréndenos, cómico paradoxo, cun parágrafo que verbaliza a súa repulsa polo despilfarro económico e a violencia fiscal intrínseca en toda economía de guerra :

– “Do aumento das tropas :

Unha nova enfermidade extendeuse por Europa; apoderouse dos nosos príncipes e failles manter un número desordeado de tropas. Ten as súas recaídas e faise necesariamente contaxiosa pois, no momento en que un estado aumenta o que chama as súas tropas, os demais aumentan de pronto as súas, de maneira que o único que se consegue é a ruina común. Cada monarca ten en pe tódolos exércitos que podería ter se o seu pobo correse perigo de ser exterminado, dándose o nome de “paz” a este estado de tensión de todos contra todos.

Por iso, Europa está tan arruinada que se os particulares achásense na situación na que se achan as tres potencias máis opulentas desta parte do mundo, non terían de qué vivir. Somos pobres coas riquezas e o comercio de todo o universo, e pronto, a forza de ter soldados só tiremos soldados e seremos coma os tártaros. Non contentos os grandes príncipes con mercar as tropas dos máis pequenos, tratan de pagar alianzas por todas partes, é dicir, de perder case sempre os seus cartos.

Consecuencia de tal situación é o aumento continuo dos tributos, e o que imposibilita todo remedio é que non se conta xa coas rentas, senon que se fai a guerra co capital. Non é insólito ver cómo alguns estados hipotecan os seus fondos durante a paz, e empregan para arruinarse medios que chaman extraordinarios e que non o son tanto, que non se lle ocorrerían ao fillo de familia máis desordeado”.

5 de Xaneiro, 2918

  • “Nos estados despóticos non existen en absoluto leises fundamentais. Non hai un fundamento legal seguro. Por esta razón ten nestes países tanta forza, polo común, a relixión, porque forma unha especie de fundamento e permanencia. Cando non é a relixión, venérase ás costumes en lugar de ás leises”.

Lúcido para o seu tempo, mais inxenuo para calqueira home ou muller contemporáne@, o pobre Barón de Montesquieu non viviu para ver cos seus ollos cómo os estados liberais con leises fundamentais viraron en crueis despotismos do mercado que convertiron en zinza tódolos fundamentos legais seguros que il mesmo reclamaba. Non viviu, tampouco, para ver cos seus ollos cómo estes mesmos estados podían tranquilamente integrar a veneración pola relixión e as costumes – tradicionais ou modernas – coa veneración polas leises, mantendo intactas multiples relacions de dominación. 

O “clasismo ilustrado” de Montesquieu

A clasista finezza do barón de Montesquieu, xa nas primeiras liñas de O espírito das leises :

– “Do mesmo modo que a maioría dos cidadans que teñen suficiencia para escoller non a teñen para ser escollidos, o pobo, que ten capacidade suficiente para darse conta da xestión dos demais, non está capacitado para levar a xestión por sí mesmo”.

“Son éstes feitos dos que o pobo se entera mellor na praza pública que o monarca no seu palacio. Mais, porén, non sabería levar os negocios nen coñecer os lugares, ocasions ou momentos para aproveitarse debidamente deles”.

Elegantes – e patéticas – piruetas retóricas para non concluir, a pao seco, que o pobo é intrinsecamente analfabeto para xestionar unha administración pública ou un negocio.

Cecile Corbel – Je vous pleure

O “estado de dereito” e os seus absolutos

– “En Catalunya non existen “presos políticos”, o que existen son “políticos presos” – díxonos hoxe unha eminentísima mestra de dereito constitucional. E así, zanxou toda a intrínseca complexidade do conflicto.

Sorrín, calei; só me faltou responderlle :

– “Amén”.

Facer do “estado de dereito” un absoluto é unha absoluta indecencia moral; convén recordar que os marcos formais dunha constitución non son ideolóxica e políticamente inocentes : no seu despregamento non houbo nin hai máis lóxica que a imposición da lei do máis forte, o castigo físico, a censura, a persecución ideolóxica e a morte de homes e mulleres inocentes. Fácil é corroboralo empíricamente. Fácil é non confundir realidade con construcción mental. Fácil é non confundir o reino do deber ser co reino do ser

Unha “opinión” presuntamente “libre” non pode sacrificar a verdade.

A barca espacial

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