No he conocido nunca en el estado español, a efectos práctico-políticos, operativos, reales, ni una hispanidad, ni un constitucionalismo, ni un liberalismo ni un catolicismo que haya querido devenir incluyente, democrático o emancipador, sea en versión federal, con-federal o centralista.

Las excepciones individuales y doctrinales plasmadas en papel son otra cosa pero, desde luego, no son fuerza histórico-cultural relevante para frenar las múltiples violencias que oculta la marca España.